Nos mirábamos eternamente entre ese tumulto de gente.
En ese instante no existía nada más; ni la manada de personas atochadas, ni el sol quemándonos la espalda, ni mucho menos la selva de cemento en la que nos encontrábamos inmersos. Absortos nos fusionábamos en un solo ser de manera súblime, llegando al climax sin necesidad de tocarnos, tan sólo mirándonos. Éramos todo y a la vez nada, y entre toda esa nada éramos el tiempo congelándonos para mantener esa sensación de éxtasis. Sin respirar, sin parpadear, sin movernos ni medio milímetro por miedo a que ese instante se esfumara.
Sin necesidad de palabras ambos sabíamos que tanta perfección sólo podía significar una despedida, y es por eso que nos encontrábamos dedicando hasta el último aliento en vivir el momento. Ni tristeza ni lágrimas en nuestros ojos, el adios significaba únicamente que ya lo habíamos dado todo, que no nos quedaba nada más que entregar para continuar una historia que debía terminar.
Sin necesidad de palabras ambos sabíamos que tanta perfección sólo podía significar una despedida, y es por eso que nos encontrábamos dedicando hasta el último aliento en vivir el momento. Ni tristeza ni lágrimas en nuestros ojos, el adios significaba únicamente que ya lo habíamos dado todo, que no nos quedaba nada más que entregar para continuar una historia que debía terminar.
Nuestras miradas se fundieron en un mar de paz al mismo tiempo que nuestras almas se unían en un último abrazo y tomábamos la bocanada de aire que devolvería la continuidad al tiempo...
Ese segundo fue el último de nuestras vidas
No hay comentarios:
Publicar un comentario