¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sebastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.
Julio Cortázar, Rayuela
Autorretrato
Si estás leyendo esto es porque quieres saber de mi, independiente del por qué. Déjame decirte que soy una niña de espíritu y vieja de pensamiento, estigmatizada por la edad como una adolescente grande o un adulto pequeño. Déjame aclararte que de mi boca (o en este caso de mis manos) no recibirás una descripción física; lo físico es efímero y no trasciende en el tiempo, el cual viene de la mano del cambio. Dicen que este no es malo, sin embargo el problema no es que me de miedo; es que me da pánico. Llámalo complejo de Peter Pan o miedo a la muerte si quieres, personalmente no me gusta categorizar las cosas.
Lo que si me encanta es jugar a volar por un mundo de colores, los amo a todos por igual sean claros u obscuros, pasteles o fuertes. Cuando se trata de amor no discrimino. Es un sentimiento tan hermoso que me he enamorado cada uno de mis días de vida de algo nuevo, lo que nos lleva a un total de 7308 cosas que amo. Amo a mi mamá, el olor a pan recién hecho, esos 5 minutos más de sueño, el viento desordenándome el pelo, la lluvia, las risas, los amigos, los abrazos y los besos. Amo soñar y despertar con una sonrisa, amo meter las manos en las lentejas y los pies en la arena, amo vivir en mi propio planeta, amo la música y la música de la naturaleza. Amo mi fe, porque es tan grande que creo en algo que aún no se que es.
Soy una sobreviviente; sigo viendo el mundo color de rosa y aún creo que los cuentos de hadas si se pueden hacer realidad, aunque quienes se proclaman la voz de la razón me digan lo contrario. Creo en la honestidad, no así en las mentiras y mucho menos en los mentirosos. No me gusta quebrantar las reglas, prefiero huir de ellas y esconderme tras mi propia ley. Me encanta jugar a las escondidas, tanto así que suelo esconderme de las obligaciones y de todo aquello que tenga alguna pauta a seguir. Mi orden es el desorden y pobre del que me lo desordene, porque no suelo olvidar lo que sería mejor dejar pasar.
Campo de nubes
Se encontraba subiendo la escalera cuando de pronto se detuvo. No recordaba el motivo por el que debía subir esa cantidad interminable de peldaños, y precisamente ahora no lo encontraba necesario. Ni siquiera podía recordar cual era el destino de ésta, sólo veía un espacio blanco en un infinito próximo ¿Y qué era lo que dejaba atrás? Tampoco lo tenía claro, a su mente llegaban imágenes difusas; colores, formas y voces de una vida que le parecía ajena, y lo confundía aun más. Le era difícil continuar con su camino escuchando aquellas voces que lo llamaban con tristeza pero a su vez con esperanza, como si lo animaran a seguir luchando. ¿Luchar contra qué? Se sentía tan tranquilo en aquel lugar vaporoso donde a cada peldaño que subía los problemas desaparecián quitándole poco a poco peso a su carga.
No quería regresar, no quería volver a sentir el peso de su propio cuerpo y sus acciones. Sin embargo no podía evitar ese sentimiento de culpa que no dejaba de atormentarlo. Se sentía tan feliz en ese estado etéreo que le permitía flotar y flotar, envolviéndolo poco a poco en su manto; pero no podía evitar sentirse atado a lo que dejaba atrás, como si no estuviera sólo, como si estuviera dejando atrás una vida. Y ese vacío antes extasiante de pronto lo abrumaba y asfixiaba en su rutina, mientras él se soltaba y se dejaba caer intentando liberarse de todo agobio y sentimiento...
Hasta siempre
Nos mirábamos eternamente entre ese tumulto de gente.
En ese instante no existía nada más; ni la manada de personas atochadas, ni el sol quemándonos la espalda, ni mucho menos la selva de cemento en la que nos encontrábamos inmersos. Absortos nos fusionábamos en un solo ser de manera súblime, llegando al climax sin necesidad de tocarnos, tan sólo mirándonos. Éramos todo y a la vez nada, y entre toda esa nada éramos el tiempo congelándonos para mantener esa sensación de éxtasis. Sin respirar, sin parpadear, sin movernos ni medio milímetro por miedo a que ese instante se esfumara.
Sin necesidad de palabras ambos sabíamos que tanta perfección sólo podía significar una despedida, y es por eso que nos encontrábamos dedicando hasta el último aliento en vivir el momento. Ni tristeza ni lágrimas en nuestros ojos, el adios significaba únicamente que ya lo habíamos dado todo, que no nos quedaba nada más que entregar para continuar una historia que debía terminar.
Sin necesidad de palabras ambos sabíamos que tanta perfección sólo podía significar una despedida, y es por eso que nos encontrábamos dedicando hasta el último aliento en vivir el momento. Ni tristeza ni lágrimas en nuestros ojos, el adios significaba únicamente que ya lo habíamos dado todo, que no nos quedaba nada más que entregar para continuar una historia que debía terminar.
Nuestras miradas se fundieron en un mar de paz al mismo tiempo que nuestras almas se unían en un último abrazo y tomábamos la bocanada de aire que devolvería la continuidad al tiempo...
Ese segundo fue el último de nuestras vidas
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
