Me siento débil, sin energías. Se que no resistiré mucho más, ha llegado el momento de comenzar una nueva etapa. Arrastro mis pies que se mueven por inercia, todo me pesa, mi espalda ya no es capaz de soportar mi propia carga. Mis párpados caen sobre mis ojos velándolos durante el segundo que me demoro en volver a abrirlos, esta vez en un mundo distinto. Levanto los ojos al cielo, que podría ser el suelo en el mundo de los mil y ún pensamientos que cruzan mi cabeza en tan solo un momento. Todo es mágico, todo es efímero y a la vez eterno. En este lugar la única certeza es que nada es cierto, y que a su vez todo es real en un espacio libre de materia y tiempo. Las utopías no existen porque este es el mundo de lo posible, un lugar donde lo inimaginable se hace realidad.
Corro, salto, grito. Mientras mi (in)consciencia hace sinapsis con el torbellino de sensaciones y emociones que me embisten, poco a poco me acostumbro a este estado de libertad. En este universo puedo recordar lo guardado en lo más profundo de mi memoria o conocer lugares literalmente de otro planeta. Puedo volar siendo una golondrina más, o correr como lince sin mirar atrás. Puedo abrazar nuevamente a mis abuelos o volver a hablar con ese amigo tan especial que sería para toda la vida y que no obstante quedó a la deriva. Puedo cumplir mis fantasías, pero también puedo hacer realidad mis pesadillas; sin embargo en este lugar comprendo que nada es negativo, todo tiene una razón de ser.
¡Qué maravilla de lugar! Mi risa es coreada por un millar de giralunas que escoltan mis aventuras, alegres y despreocupadas, dueñas de una frivolidad que nunca había sido tan bella y sencilla. A veces me dan ganas de no volver nunca tras mis pasos, porque es tan difícil regresar luego de la partida. A veces me dan ganas de jugar a no despertar jamás. Sin embargo los rayos del sol comienzan a derretir mis giralunas y a tocar la puerta de mis ojos, que abro lentamente en un saludo a un nuevo día, que representa una nueva etapa en este ciclo que es la vida.